Intento sacarme de la cabeza.
El sueño que tuve recorrió entre todos y cada unos de mis
pensamientos.
No perdí ningún detalle de él. Todo es tan claro, que me
asusta. No sé que me quiere decir. Que pensé antes de ir a dormir. O que es lo
que claramente me preocupa como para estar todo el día con ello hasta soñarlo.
La luz de la habitación era nítida. Mis manos se movían con
rapidez mezclando las cartas que sostenía. Los guantes de seda, de una hermosa seda
estaban impecables, bordados con piedrecillas y perlas.
El mantel de la mesa era de un rojo intenso con distintos
tonos hacia dorado y flores, muchas flores que lo adornaban. Fui subiendo mi
vista y me encontré con un hombre.
Sus cálidos ojos grisáceos rodeados de algunas pequeñas
arrugas, me demostraba su edad sin que se lo tuviese que preguntar. Su sonrisa
era hermosa. No me sacaba la vista de encima. Volví a mirar lo que hacía con
mis manos, fui repartiendo las cartas sobre la mesa.
Sonreí al escuchar mi nombre, me di la vuelta para ver a mis
padres sentados en un sillón antiguo. Ella, mi madre vestía un hermoso vestido color
arándano, sus brillosos risos caían perfectos. Su sonrisa era sincera. A ella
le gustaba el hombre que tenía frente a mí. Mi padre sujetaba la mano enfundada
de mi madre. El estaba a juego con ella. Era como si fuese el mejor día de sus
vidas, sus sonrisas eran intachables y el amor que siempre destilaban, aun
estaba allí.
Una persona carraspeo, llamando mi atención.
Mi atención fue así él. Estaba aun sonriendo, esos labios
finos. Pero no demasiado. Pedían a gritos que los toque, que los rose.
Mi curiosidad fue en aumento, pensé en lo que pasaría si me
iba con él…Miles de cosas aparecieron, todos como flashes. Pequeñas tomas con
movimientos rápidos que giraban y nublaban mi vista.
-Ella es muy buena este juego-La suave voz de mi madre me recordó
donde me encontraba.
Las cartas seguían en su lugar, las manos de él también revestidas
en negras se encontraban la una sobre la otra dándose a entender que estaba de
forma paciente a la espera. A la espera de que responda hacia él.
-Listo. Elige las cartas que más te guste.-Hice seña a todas
y cada una de ellas sobre la mesa, una encima de la otra en forma abanico.-Ann
Puedes servir el té, por favor.
Ella respondió con una señal de cabeza y fue hacia la mesa
de servicio en un rincón de la habitación.
-No dudo en ningún momento de que su hija sea mala en el
juego, señora.
Sonreí, arregle mi pelo lacio que descendía por mis hombros.
Mi vestido rojo, yacía bien arreglado.
La idea de que él llegase a ser mi pretendiente me era horrorosa
por una parte, con tan solo diecisiete años tener que casarme y no poder ser un
poco más libre. No debería quejarme, me han criado para casarme con alguien de
un rango alto y formar una familia, mi familia.
Pero mantener la idea de que este hombre me tomase como
suya, sin conocerlo. No cuenta como escusa las veces que ha venido a mi casa a
cenar con mis padres. Pero él es diez años más antiguo que yo… Y quien sabe si
no es una farsa su vida. Solo sé que tiene campos, que su abuelo le ha dejado
un gran monto de dinero por ser único en la familia y que según él no tiene
otros niños con sus romances pasados.
Me es confuso todo. Necesito una taza de tilo, no de un ordinario
té. Bueno es del más caro, pero necesito calmarme y poder decir. Tengo el
derecho de elegir.
Pero no puedo hacer nada, ya tres hombres han pedido mi mano
y este es el último que me queda y el que más me agrada. Los otros eran unos
arrogantes que pretendían ocultar su arrogancia y demostrar un gatito tierno
hacia mí.
Suspiro y vuelvo con el juego de cartas, que iban y venían
como nuestras miradas que se encontraban y era cada vez más profundo. Un pozo
en el que me estaba metiendo y lograba cavar y caer, caer y cavar más profundo.
Todo se vuelve confuso nuevamente, pero esto es como una
neblina de tierra, el color marrón y tonos tostados me rodean, la imagen de
borrosa se va haciendo más nítida hasta lograr ser natural.
Mi cuerpo yace sentado sobre unos escalones de madera. Uno
de mis brazos esta sobre mis piernas que están en un escalón inferior y mi otra
mano esta agarrada de la fina y delicada baranda de algarrobo.
Mi vestido rojo que es ceñido al cuerpo hasta las caderas y
de allí hacia abajo es una tela liviana y larga se extiende por la escalera,
dejando contorneadas mis piernas. No es un vestido de gala, es un simple
vestido para estar en casa. Como mi peinado sin dejar de ser elegante sigue
siendo cómodo. Unos pequeños bucles caen por un costado y mi flequillo es
tirado hacia atrás por una hebilla con piedrecillas.
Observo desde allí el movimiento de la casa, el silencio.
Aun sabiendo de que la ama de llaves y el cocinero están allí, haciendo sus
deberes.
Una tela de araña con ella tejiendo captura mi visión. La
simplecides de la araña deslizándose por la tela e ir dejando un fino hilo de
seda por su camino y lograr esa exótica forma.
La lluvia que cae fuera de la casa, mojando todas las
plantas que están prácticamente secas por el frio invierno. Pero ahora
recuperan un todo verdoso más profundo y brillante. Las pequeñas gotas salpican
sobre la ventana quedando adheridos como diamantes y otros cayéndose como
lagrimas en un rostro.
El ambiente dentro de la casa es cálido. La chimenea de la
sala de estar esta prendida con unas llamas vivas que chipotean de vez en cuando,
y las ramas, la leña disminuyéndose a un trozo negro como el carbón.
La puerta de la entrada principal es golpeada con los
nudillos. Esta a un paso de mi, puedo descender las escaleras y abrirlas por mí
misma, pero la pereza se apaña de mi y no quiero levantarme asique espero a que
alguien aparezca a abrirla y atender quien sea que este del otro lado.
El ama de llaves aparece caminando a trotes, arreglándose el
uniforme que lleva. Se para frente a la gran puerta de madera, saca la traba de
seguridad y gira del pomo.
La puerta es abierta bruscamente, dejando entrar la fría briza
con lluvia y no solo eso. Sino que veo el rostro de mi esposo allí afuera,
mojado de pies a cabeza con su uniforme habitual.
Su rostro esta más cansado de lo normal. Me mira. El puede
verme, como yo a él.
Intento levantarme pero las piernas me fallan. No sé porque…Pero
vuelvo a hacerlo y ellas responden a mi mandato. Sin perder la elegancia y sin
soltarme del barandal, desciendo la mitad de la escalera y doy los cortos pasos
que me separan de la entrada.
Él no ingresa a la casa, su casa. Se queda allí bajo la
lluvia sin perder su vista de mis ojos.
Sus ojos grisáceos me muestran lastima, amor, pasión y
nuevamente lastima.
¿Lástima porque?
Abro la boca para decir algo, pero el habla antes y es como
que lo que dijese no escuchase aunque lo intentase escuchar. Solo veo que sus
labios se mueven y que caen lágrimas de sus ojos. Pero sigo sin comprender
hasta que entiendo “Me voy, debo ir a la guerra”
Y un grito sonó en la habitación, mi voz, mis manos yacían sobre
su camiseta mojada, arrugando a esta y tirándolo hacia el interior del salón.
Pero mi esfuerzo es en vano. Mi cuerpo es débil y si no fuesen por sus fuertes
brazos que me sostienen de la cintura, me hubiese caído en el piso.
Su aliento choca en mi cuello y me dice palabras
tranquilizadoras.
Nada de ello me sirve ahora.
Él manda a Ann, el ama de llaves, ha de hacer unas cosas que
sigo sin entender.
Sus cálidos labios van de mi cuello a mi frente y de mí
frente a mis labios, solo son roces. Suaves roces entre el mar de lagrimas que
caen de mis mejillas.
Y sus últimas palabras son “Te amo ”
Unos brazos distintos me llevan al interior de la casa. La
puerta es cerrada. Y él desaparece tras ella.
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